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lunes, 15 de septiembre de 2014

Tabaquería

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto,
de mi cuarto de uno de los millones de gente que nadie sabe quién es
(y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?),
dais al misterio de una calle constantemente cruzada por la gente,
a una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, evidente, desconocidamente evidente,
con el misterio de las cosas por lo bajo de las piedras y los seres,
con la muerte poniendo humedad en las paredes y cabellos blancos en los hombres,
con el Destino conduciendo el carro de todo por la carretera de nada.

Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad.
Hoy estoy lúcido, como si estuviese a punto de morirme
y no tuviese otra fraternidad con las cosas
que una despedida, volviéndose esta casa y este lado de la calle
la fila de vagones de un tren, y una partida pintada
desde dentro de mi cabeza,
y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos a la ida.

Hoy me siento perplejo, como quien ha pensado y opinado y olvidado.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que le debo
a la tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

He fracasado en todo.
Como no me hice ningún propósito, quizá todo no fuese nada.
El aprendizaje que me impartieron,
me apeé por la ventana de las traseras de la casa.
Me fui al campo con grandes proyectos.
Pero sólo encontré allí hierbas y árboles,
y cuando había gente era igual que la otra.
Me aparto de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué voy a pensar?
¿Qué sé yo del que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? Pero ¡pienso ser tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan ser lo mismo que no puede haber tantos! 
¿Un genio? En este momento
cien mil cerebros se juzgan en sueños genios como yo,
y la historia no distinguirá, ¿quién sabe?, ni a uno,
ni habrá sino estiércol de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay locos perdidos con tantas convicciones! 
Yo, que no tengo ninguna convicción, ¿soy más convincente o menos convincente?

No, ni en mí...
¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
no hay en estos momentos genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas
-sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas-,
y quién sabe si realizables, no verán nunca la luz del sol verdadero
ni encontrarán quien les preste oídos?
El mundo es para quien nace para conquistarlo
y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
He soñado más que lo que hizo Napoleón.
He estrechado contra el pecho hipotético más humanidades que Cristo,
he pensado en secreto filosofías que ningún Kant ha escrito.
Pero soy, y quizá lo sea siempre, el de la buhardilla,
aunque no viva en ella;
seré siempre el que no ha nacido para eso;
seré siempre el que tenía condiciones;
seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puerta
y cantó la canción del Infinito en un gallinero,
y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Derrámame la naturaleza sobre mi cabeza ardiente
su sol, su lluvia, el viento que tropieza en mi cabello,
y lo demás que venga si viene, o tiene que venir, o que no venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
conquistamos el mundo entero antes de levantarnos de la cama;
pero nos despertamos y es opaco,
nos levantamos y es ajeno,
salimos de casa y es la tierra entera,
y el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.

(¡Come chocolatinas, pequeña,
come chocolatinas!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que las chocolatinas,
mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.
¡Come, pequeña sucia, come!
¡Ojalá comiese yo chocolatinas con la misma verdad con que comes! 
Pero yo pienso, y al quitarles la platilla, que es de papel de estaño,
lo tiro todo al suelo, lo mismo que he tirado la vida.)

Pero por lo menos queda de la amargura de lo que nunca seré
la caligrafía rápida de estos versos,
pórtico partido hacia lo Imposible.
Pero por lo menos me consagro a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
noble, al menos, en el gesto amplio con que tiro
la ropa sucia que soy, sin un papel, para el transcurrir de las cosas,
y me quedo en casa sin camisa.

(Tú, que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
o diosa griega, concebida como una estatua que estuviese viva,
o patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
o princesa de trovadores, gentilísima y disimulada,
o marquesa del siglo dieciocho, descotada y lejana,
o meretriz célebre de los tiempos de nuestros padres,
o no sé qué moderno -no me imagino bien qué-,
todo esto, sea lo que sea, lo que seas, ¡si puede inspirar, que inspire!
Mi corazón es un cubo vaciado.
Como invocan espíritus los que invocan espíritus, me invoco
a mí mismo y no encuentro nada.
Me acerco a la ventana y veo la calle con absoluta claridad,
veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan,
veo a los entes vivos vestidos que se cruzan,
veo a los perros que también existen,
y todo esto me pesa como una condena al destierro,
y todo esto es extranjero, como todo.)

He vivido, estudiado, amado, y hasta creído,
y hoy no hay un mendigo al que no envidie sólo por no ser yo.
Miro los andrajos de cada uno y las llagas y la mentira,
y pienso: puede que nunca hayas vivido, ni estudiado, ni amado ni creído
(porque es posible crear la realidad de todo eso sin hacer nada de eso);
puede que hayas existido tan sólo, como un lagarto al que cortan el rabo
y que es un rabo, más acá del lagarto, removidamente.

He hecho de mí lo que no sabía,
y lo que podía hacer de mí no lo he hecho.
El disfraz que me puse estaba equivocado.
Me conocieron enseguida como quien no era y no lo desmentí, y me perdí.
Cuando quise quitarme el antifaz,
lo tenía pegado a la cara.
Cuando me lo quité y me miré en el espejo,
ya había envejecido.
Estaba borracho, no sabía llevar el dominó que no me había quitado.
Tiré el antifaz y me dormí en el vestuario
como un perro tolerado por la gerencia
por ser inofensivo
y voy a escribir esta historia para demostrar que soy sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles,
ojalá pudiera encontrarme como algo que hubiese hecho,
y no me quedase siempre enfrente de la tabaquería de enfrente,
pisoteando la conciencia de estar existiendo
como una alfombra en la que tropieza un borracho
o una estera que robaron los gitanos y no valía nada.

Pero el propietario de la tabaquería ha asomado por la puerta y se ha quedado a la puerta.
Le miro con incomodidad en la cabeza apenas vuelta,
y con la incomodidad del alma que está comprendiendo mal.
Morirá él y moriré yo.
Él dejará la muestra y yo dejaré versos.
En determinado momento morirá también la muestra, y los versos también.
Después de ese momento, morirá la calle donde estuvo la muestra,
y la lengua en que fueron escritos los versos,
morirá después el planeta girador en que sucedió todo esto.
En otros satélites de otros sistemas cualesquiera algo así como gente
continuará haciendo cosas semejantes a versos y viviendo debajo de cosas semejantes a muestras,
siempre una cosa enfrente de la otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra,
siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio del fondo tan verdadero como el sueño del misterio de la superficie,
siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni la otra.

Pero un hombre ha entrado en la tabaquería (¿a comprar tabaco?),
y la realidad plausible cae de repente encima de mí.
Me incorporo a medias con energía, convencido, humano,
y voy a tratar de escribir estos versos en los que digo lo contrario.
Enciendo un cigarrillo al pensar en escribirlos
y saboreo en el cigarrillo la liberación de todos los pensamientos.
Sigo al humo como a una ruta propia,
y disfruto, en un momento sensitivo y competente,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia de encontrarse indispuesto.

Después me echo para atrás en la silla
y continúo fumando.
Mientras me lo conceda el destino seguiré fumando.
(Si me casase con la hija de mi lavandera
a lo mejor sería feliz.)
Visto lo cual, me levanto de la silla. Me voy a la ventana.

El hombre ha salido de la tabaquería (¿metiéndose el cambio en el bolsillo de los pantalones?).
Ah, le conozco: es el Esteves sin metafísica.
(El propietario de la tabaquería ha llegado a la puerta.)
Como por una inspiración divina, Esteves se ha vuelto y me ha visto.
Me ha dicho adiós con la mano, le he gritado ¡Adiós, Esteves! , y el Universo
se me reconstruye sin ideales ni esperanza, y el propietario de la tabaquería se ha sonreído.

F. Pessoa.



jueves, 1 de agosto de 2013

Aquí (Tutaj)

Ya entrado en años, después de transcurrir un largo camino buscando mejorar su estilo, Jorge Luis Borges pregonó con insistencia lo que había logrado decantar luego de su experiencia produciendo literatura: desprenderse de los excesos. Llegó incluso a tildar gran parte de su obra como “excesivamente Barroca”, plena de artilugios y adornos innecesarios. Por otra parte, Wisława Szymborska representa el ejemplo perfecto para lo que Borges defendió con vehemencia, un modo de escribir sencillo, de temas y palabras simples y claras, que pueden encontrarse en boca de cualquier persona, en cualquier momento y lugar.

El día de hoy quiero compartir uno de mis poemas favoritos de Szymborska. Contrario a las entradas anteriores que estuvieron dedicadas a algunas manifestaciones de la esperanza que habita en los hombres, la de hoy está dedicada a la simplicidad del mundo y por qué no decirlo abiertamente, de la vida misma.

El poema tiene por nombre “Aquí”, o al menos en su versión castellana, pues la literatura de Szymborska fue escrita originalmente en Polaco. Siempre que lo leo me hace recordar a una persona, tal vez por ese motivo hoy me tomo el tiempo de sentarme a reflexionar un poco sobre él y sobre las impresiones que me deja.

Nuestro mundo es el producto de miles de millones de años marcados por ciclos que han ido del caos de la formación, a periodos de tranquilidad y orden, que son nuevamente reemplazados por destrucción y nuevamente caos; de cambios lentos, o algunas veces no tanto, que al final nos han llevado al punto en que nos encontramos. Estos cambios han logrado producir esta criatura caprichosa y necia, que cuenta con la particular capacidad de tener auto-conciencia, lo que le ha servido para ponerse encima de cualquier otro ser con quien tenga la mala fortuna de compartir este vecindario. Su auto-conciencia le ha permitido desarrollar medios de comunicación complejos, el arte en sus distintas formas, la literatura; las religiones con sus respectivos dioses, acordes a las necesidades de cada grupo y época y, cómo no, de causar todo el sufrimiento a todo y a todos por el motivo que corresponda a la situación.

En este lugar dice Szymborska “hay bastante de todo\ Aquí se fabrican sillas y tristezas,\ tijeras, violines, ternura, transistores...”,  vida y muerte, todo bailando al mismo tono que marca el tiempo como referencia y que claro, no se detiene un solo instante. Creo, y espero no equivocarme al afirmar tal cosa, que sencillamente no falta nada.

Hace mucho sostengo, que si bien la belleza del mundo no proviene de los hombres, también debo ser lo suficientemente honesto para aclarar que tal belleza está viciada por mis propios ojos, por mi propia vanidad, mis propios odios y mis propios amores. Tengo que admitir, aunque advierto que estoy abusando fuertemente del lenguaje, que en este mundo hay tantas cosas bellas como ojos que las observan, simple y llanamente tantas como realidades percibidas, tantas y ya sabemos que no hay ninguna realmente. Szymborska escribe: “puede que en otro sitio haya lugares así,\ aunque nadie los encuentra bonitos...”. Me resulta asombroso, por decir lo menos, cómo dos sencillos versos pueden condensar toda una idea que puede hacerse tan compleja y extensa como se desee.

En este lugar hemos construido nuestro propio y particular grupo social. Una de nuestras tristes ironías es el hecho de sentirnos entidades únicas, autónomas e independientes; cuando al final del día no somos más que apéndices de nuestra suerte de grifo, uno por demás hecho a nuestra medida, moldeado con nuestros miedos, frustraciones y ambiciones. Cada tanto introducimos algunos cambios para ajustarnos a los imprevistos, a aquellos detalles que se salen de nuestro control y al final terminamos disfrazando todo para retornar a nuestro lugar común lleno de comodidad.

¡Ah! Y como si fuera poco, ese cristal a través del cual miran nuestros ojos está hecho precisamente de ignorancia, el último de los venenos que recorrerá esta tierra. Esa ignorancia es la que nos da la capacidad única y casi sagrada de juzgar, de comparar, de definir el bien y el mal, de discernir quién, qué, o cuándo pertenece a un bando o al otro. Escribe Szymborska “la ignorancia tiene aquí mucho trabajo,\ todo el tiempo cuenta, compara, mide…”.

La ignorancia traza planes, estima, proyecta, fabrica carreteras que nadie sabe a dónde llevan, cuando en realidad no tiene la más mínima importancia, al final somos polvo al viento que se levanta con la más leve brisa de cualesquiera de los elementos que tenga a bien perturbar nuestra anhelada calma.

Para mí, este poema tiene una particularidad adicional, mi estrofa favorita, tal vez la que me resulta más emotiva, es irónicamente aquella con la cual no me siento cómodo, podría decir que objeto seriamente lo allí escrito. En efecto creo, como dice Szymborska, que “la vida en la tierra sale bastante barata”, más por los sueños se paga un precio tan alto que nunca será suficiente, y cuanto más lejos se esté de ellos, mejor, de las ilusiones es mejor no hablar.

Sin embargo, pues no quiero dejar un mal sabor de boca, como dice aquí Szymborska, la mesa está allí dispuesta con el papel donde debe estar, con el aire fresco entrando por las ventanas constantemente, y con los muros aún en pie. Como afirmó la misma Szymborska en una entrevista:

 “El mundo es cruel, pero merece también otros calificativos más compasivos”.


Aquí

No sé cómo será en otras partes,
pero aquí en la Tierra hay bastante de todo.
Aquí se fabrican sillas y tristezas,
tijeras, violines, ternura, transistores,
diques, bromas, tazas.

Puede que en otro sitio haya más de todo,
pero por algún motivo no hay pinturas,
cinescopios, empanadillas, pañuelos para las lagrimas.

Aquí hay un sinfín de lugares con sus alrededores.
Algunos te pueden gustar especialmente,
puedes llamarlos a tu manera,
y librarlos del mal.

Puede que en otro sitio haya lugares así,
aunque nadie los encuentra bonitos.


Quizá como en ningún sitio, o en pocos sitios,
aquí tengas un torso separado
y con él los instrumentos necesarios
para añadir los propios a los niños de otros.
Y además brazos, piernas y una cabeza sorprendida.

La ignorancia tiene aquí mucho trabajo,
todo el tiempo cuenta, compara, mide,
saca de ello conclusiones y raíces cuadradas.

Ya, ya sé lo que estás pensando.
Aquí no hay nada duradero,
porque desde siempre hasta siempre está en manos de los elementos.

Pero date cuenta: los elementos se cansan rápido
y a veces tienen que descansar mucho
antes de comenzar otra vez.

Y sé qué más estás pensando.
Guerras, guerras, guerras.
Pero incluso entre las guerras a veces hay pausas.
¡Firmes! -la gente es mala.
Descansen -la gente es buena.
A la voz de firmes se produce devastación.
A la voz de descansen se construyen casas sin descanso
y rápidamente se habitan.

La vida en la tierra sale bastante barata.
Por los sueños, por ejemplo, no se paga ni un céntimo.
Por las ilusiones, sólo cuando se pierden.
Por poseer un cuerpo se paga con el cuerpo.

Y por si eso fuera poco,
giras sin billete en un carrusel de planetas,
y junto a éste, de gorra, en un torbellino de galaxias,
en unos tiempos tan vertiginosos
que nada aquí en la Tierra llega ni siquiera a moverse.

Porque mira bien:
la mesa está donde estaba,
en la mesa una carta, colocada como estaba,
a través de la ventana un soplo solamente de aire,
y en las paredes ninguna terrorífica fisura
por la que el viento te lleve a ninguna parte.


Wislawa Szymborska.

Para terminar una canción que en verdad me encanta y por diversos motivos la encuentro muy relacionada con el post de hoy. Se trata de Ulver del álbum "Shadows of the Sun" con "All the Love".

All The Love - Ulver

martes, 17 de mayo de 2011

Poemas morales

Francisco de Quevedo, poeta barroco (1580 - 1645) fue un prominente hombre de su época, de noble cuna y prolífico a la hora de su producción literaria, representante del estilo conocido como "conceptismo". Bien, hasta aquí de historias pues este no es un blog de biografías.


Dentro de los motivos de Quevedo se encuentra una serie de poemas que se pueden clasificar como "poemas morales", una característica que puede encontrarse en otras obras de la época llamada "de oro" en España. Son estos poemas los que más me llaman la atención de Quevedo y a los que quiero dedicar esta entrada. Para ello he seleccionado dos poemas titulados "Que desengaños son la verdadera riqueza" y "Prevención para la vida y para la muerte".

Que desengaños son la verdadera riqueza

¿Cuándo seré infeliz sin mi gemido?
¿Cuándo sin el ajeno fortunado?
El desprecio me sigue desdeñado;
la invidia, en dignidad constituido.

U del bien u del mal vivo ofendido;
y es ya tan insolente mi pecado,
que, por no confesarme castigado,
acusa a Dios con llanto inadvertido.

Temo la muerte, que mi miedo afea;
amo la vida, con saber es muerte:
tan ciega noche el seso me rodea.

Si el hombre es flaco y la ambición es fuerte,
caudal que en desengaños no se emplea,
cuanto se aumenta, Caridón, se vierte.

Excelente, a mi parecer, el trato que da Quevedo a algunos males que aquejan el cotidiano hombre. La envidia, desdeño, odio permanente; son retratados en el el quejido de este hombre atormentado por su mundo ruinoso.

Prevención para la vida y para la muerte

Si no temo perder lo que poseo,
ni deseo tener lo que no gozo,
poco de la Fortuna en mí el destrozo
valdrá, cuando me elija actor o reo.

Ya su familia reformó el deseo;
no palidez al susto, o risa al gozo
le debe de mi edad el postrer trozo,
ni anhelar a la Parca su rodeo.

Sólo ya el no querer es lo que quiero;
prendas de la alma son las prendas mías;
cobre el puesto la muerte, y el dinero.

A las promesas miro como a espías;
morir al paso de la edad espero:
pues me trujeron, llévenme los días.

Este último poema pertenece a una secuencia, si se le puede llamar así, de trabajos en donde Quevedo comienza a saludar a la muerte. Rinde homenaje al tiempo que pasa, mira casi con desdén el acto de vivir que empieza a verse como el acto de morir, v.gr., "ni anhelar a la Parca su rodeo".

Es particularmente en esta serie de poemas donde el contenido moral eleva su carácter, con frases del calibre de "Sólo ya el no querer es lo que quiero", donde los afanes de la juventud se han terminado, y ya el hambre de posesión si bien no es ni será saciada, al menos empieza a sentirse menos agobiante.

Para terminar, una canción que me encanta, originalemte de Dead can Dance, más en este caso en un cover a manos de Ulver. Se trata de "In The Kingdom Of The Blind The One-eyed Are Kings", una frase que recuerdo haber escuchado miles de veces.

In The Kingdom Of The Blind The One-eyed Are Kings





PD. Sirva esta entrada para recordar que hoy se conmemoran dos años de la muerte del poeta Uruguayo Mario Benedetti.