Sobre qué?... cualquier cosa, música, filosofía, poesía, y lo que sea que se nos venga a la cabeza.

jueves, 1 de agosto de 2013

Aquí (Tutaj)

Ya entrado en años, después de transcurrir un largo camino buscando mejorar su estilo, Jorge Luis Borges pregonó con insistencia lo que había logrado decantar luego de su experiencia produciendo literatura: desprenderse de los excesos. Llegó incluso a tildar gran parte de su obra como “excesivamente Barroca”, plena de artilugios y adornos innecesarios. Por otra parte, Wisława Szymborska representa el ejemplo perfecto para lo que Borges defendió con vehemencia, un modo de escribir sencillo, de temas y palabras simples y claras, que pueden encontrarse en boca de cualquier persona, en cualquier momento y lugar.

El día de hoy quiero compartir uno de mis poemas favoritos de Szymborska. Contrario a las entradas anteriores que estuvieron dedicadas a algunas manifestaciones de la esperanza que habita en los hombres, la de hoy está dedicada a la simplicidad del mundo y por qué no decirlo abiertamente, de la vida misma.

El poema tiene por nombre “Aquí”, o al menos en su versión castellana, pues la literatura de Szymborska fue escrita originalmente en Polaco. Siempre que lo leo me hace recordar a una persona, tal vez por ese motivo hoy me tomo el tiempo de sentarme a reflexionar un poco sobre él y sobre las impresiones que me deja.

Nuestro mundo es el producto de miles de millones de años marcados por ciclos que han ido del caos de la formación, a periodos de tranquilidad y orden, que son nuevamente reemplazados por destrucción y nuevamente caos; de cambios lentos, o algunas veces no tanto, que al final nos han llevado al punto en que nos encontramos. Estos cambios han logrado producir esta criatura caprichosa y necia, que cuenta con la particular capacidad de tener auto-conciencia, lo que le ha servido para ponerse encima de cualquier otro ser con quien tenga la mala fortuna de compartir este vecindario. Su auto-conciencia le ha permitido desarrollar medios de comunicación complejos, el arte en sus distintas formas, la literatura; las religiones con sus respectivos dioses, acordes a las necesidades de cada grupo y época y, cómo no, de causar todo el sufrimiento a todo y a todos por el motivo que corresponda a la situación.

En este lugar dice Szymborska “hay bastante de todo\ Aquí se fabrican sillas y tristezas,\ tijeras, violines, ternura, transistores...”,  vida y muerte, todo bailando al mismo tono que marca el tiempo como referencia y que claro, no se detiene un solo instante. Creo, y espero no equivocarme al afirmar tal cosa, que sencillamente no falta nada.

Hace mucho sostengo, que si bien la belleza del mundo no proviene de los hombres, también debo ser lo suficientemente honesto para aclarar que tal belleza está viciada por mis propios ojos, por mi propia vanidad, mis propios odios y mis propios amores. Tengo que admitir, aunque advierto que estoy abusando fuertemente del lenguaje, que en este mundo hay tantas cosas bellas como ojos que las observan, simple y llanamente tantas como realidades percibidas, tantas y ya sabemos que no hay ninguna realmente. Szymborska escribe: “puede que en otro sitio haya lugares así,\ aunque nadie los encuentra bonitos...”. Me resulta asombroso, por decir lo menos, cómo dos sencillos versos pueden condensar toda una idea que puede hacerse tan compleja y extensa como se desee.

En este lugar hemos construido nuestro propio y particular grupo social. Una de nuestras tristes ironías es el hecho de sentirnos entidades únicas, autónomas e independientes; cuando al final del día no somos más que apéndices de nuestra suerte de grifo, uno por demás hecho a nuestra medida, moldeado con nuestros miedos, frustraciones y ambiciones. Cada tanto introducimos algunos cambios para ajustarnos a los imprevistos, a aquellos detalles que se salen de nuestro control y al final terminamos disfrazando todo para retornar a nuestro lugar común lleno de comodidad.

¡Ah! Y como si fuera poco, ese cristal a través del cual miran nuestros ojos está hecho precisamente de ignorancia, el último de los venenos que recorrerá esta tierra. Esa ignorancia es la que nos da la capacidad única y casi sagrada de juzgar, de comparar, de definir el bien y el mal, de discernir quién, qué, o cuándo pertenece a un bando o al otro. Escribe Szymborska “la ignorancia tiene aquí mucho trabajo,\ todo el tiempo cuenta, compara, mide…”.

La ignorancia traza planes, estima, proyecta, fabrica carreteras que nadie sabe a dónde llevan, cuando en realidad no tiene la más mínima importancia, al final somos polvo al viento que se levanta con la más leve brisa de cualesquiera de los elementos que tenga a bien perturbar nuestra anhelada calma.

Para mí, este poema tiene una particularidad adicional, mi estrofa favorita, tal vez la que me resulta más emotiva, es irónicamente aquella con la cual no me siento cómodo, podría decir que objeto seriamente lo allí escrito. En efecto creo, como dice Szymborska, que “la vida en la tierra sale bastante barata”, más por los sueños se paga un precio tan alto que nunca será suficiente, y cuanto más lejos se esté de ellos, mejor, de las ilusiones es mejor no hablar.

Sin embargo, pues no quiero dejar un mal sabor de boca, como dice aquí Szymborska, la mesa está allí dispuesta con el papel donde debe estar, con el aire fresco entrando por las ventanas constantemente, y con los muros aún en pie. Como afirmó la misma Szymborska en una entrevista:

 “El mundo es cruel, pero merece también otros calificativos más compasivos”.


Aquí

No sé cómo será en otras partes,
pero aquí en la Tierra hay bastante de todo.
Aquí se fabrican sillas y tristezas,
tijeras, violines, ternura, transistores,
diques, bromas, tazas.

Puede que en otro sitio haya más de todo,
pero por algún motivo no hay pinturas,
cinescopios, empanadillas, pañuelos para las lagrimas.

Aquí hay un sinfín de lugares con sus alrededores.
Algunos te pueden gustar especialmente,
puedes llamarlos a tu manera,
y librarlos del mal.

Puede que en otro sitio haya lugares así,
aunque nadie los encuentra bonitos.


Quizá como en ningún sitio, o en pocos sitios,
aquí tengas un torso separado
y con él los instrumentos necesarios
para añadir los propios a los niños de otros.
Y además brazos, piernas y una cabeza sorprendida.

La ignorancia tiene aquí mucho trabajo,
todo el tiempo cuenta, compara, mide,
saca de ello conclusiones y raíces cuadradas.

Ya, ya sé lo que estás pensando.
Aquí no hay nada duradero,
porque desde siempre hasta siempre está en manos de los elementos.

Pero date cuenta: los elementos se cansan rápido
y a veces tienen que descansar mucho
antes de comenzar otra vez.

Y sé qué más estás pensando.
Guerras, guerras, guerras.
Pero incluso entre las guerras a veces hay pausas.
¡Firmes! -la gente es mala.
Descansen -la gente es buena.
A la voz de firmes se produce devastación.
A la voz de descansen se construyen casas sin descanso
y rápidamente se habitan.

La vida en la tierra sale bastante barata.
Por los sueños, por ejemplo, no se paga ni un céntimo.
Por las ilusiones, sólo cuando se pierden.
Por poseer un cuerpo se paga con el cuerpo.

Y por si eso fuera poco,
giras sin billete en un carrusel de planetas,
y junto a éste, de gorra, en un torbellino de galaxias,
en unos tiempos tan vertiginosos
que nada aquí en la Tierra llega ni siquiera a moverse.

Porque mira bien:
la mesa está donde estaba,
en la mesa una carta, colocada como estaba,
a través de la ventana un soplo solamente de aire,
y en las paredes ninguna terrorífica fisura
por la que el viento te lleve a ninguna parte.


Wislawa Szymborska.

Para terminar una canción que en verdad me encanta y por diversos motivos la encuentro muy relacionada con el post de hoy. Se trata de Ulver del álbum "Shadows of the Sun" con "All the Love".

All The Love - Ulver

lunes, 11 de febrero de 2013

Masa

Una vez más traigo por este sitio algo de la obra de César Vallejo. Aquel amado y a la vez vapuleado de la literatura latinoamericana. Este poema es algo particular dentro de la vida y obra de Vallejo. Es bien conocido que la muerte es más que una constante en la obra de Vallejo, es casi el tema central. Los Heraldos negros (1919), libro del cual ya presenté un poema homónimo, y tal vez uno de sus más populares, es todo un canto a la muerte como único camino y fin en la vida. Vallejo, se dice, consideraba la vida completamente inútil, pues desde siempre tuvo en mente la burla y la desgracia de nacer solamente para volver a morir.


Sin embargo el poema que presento a continuación es todo lo contrario, algo casi esperanzador, en donde es posible vencer a la muerte, donde toda la compasión de la humanidad reunida en un único deseo, es capaz de traer a uno que ya no se encuentra más entre los vivos. Creo que es una evocación a los mitos cristianos, al fin y a cabo en la época en que creció Vallejo era imposible escapar de la tragedia de la educación cristiana y en él siempre era evidente la necesidad de espiritualidad, esto último reflejado en su famoso Espergesia.


En general el término masa es empleado para definir un conglomerado de personas. A veces asociada a la lucha de clases, y en otras como en mi caso, despreciada por su amorfismo e inherente torpeza, no obstante aquí Vallejo la ha transformado en vehículo de esperanza. Quisiera ser solidario una vez más con las voces de la esperanza,  al igual que en la entrada anterior, pero no, hoy sencillamente no me uno a la causa de arrancar de los brazos de la muerte a un hombre, porque como una vez escribiera Saramago es un su bello evangelio:


"...María de Magdala pone una mano en el hombro de Jesús y dice, Nadie en la vida tuvo tantos pecados que merezca morir dos veces..."

Masa

Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: «No mueras, te amo tanto!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Se le acercaron dos y repitiéronle:
«No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando: «Tanto amor, y no poder nada contra la muerte!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: «¡Quédate hermano!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Entonces, todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar.

César Vallejo


Para completar la entrada de hoy traigo dos canciones. La primera de ellas me encanta, aún no me decido cuál de las versiones que conozco, si la original de los "The Beau Brummels" o  el excelente cover hecho por Ulver. Aquí dejo la versión original, pero quien lo desee puede seguir el link.



Por otro lado, una canción que me ha llamado bastante la atención, tanto la canción en sí misma como el vídeo. Se trata de "Jubilee Street" de "Nick Cave & The Bad Seeds", algo realmente interesante.


sábado, 25 de agosto de 2012

Los justos


Debo empezar por mencionar el motivo inicial de esta entrada, el día de hoy se conmemoran 112 años de la muerte del gran filósofo alemán Friedrich Nietzsche. En realidad su obra no se reduce únicamente a la filosofía, también fue compositor mediocre (según Wagner, creo), poeta y filólogo entre otros mesteres. Sin embargo, difícilmente alguien podrá negar que su verdadero legado a la humanidad fue el contenido de sus textos filosóficos.

Hasta hace no más de media hora, tenía en mi mente seguir desarrollando la idea del párrafo precedente; quizá tocar algunas de sus ideas, textos, cartas, o algo por el estilo. O por qué no, del juego en que algunas veces me descubro, preguntándome si el lugar en que me encuentro parado en ese instante, en los alrededores de la conocida Piazza San Carlo al centro de Turín, fue el mismo lugar donde este hombre perdió su razón; allí mismo donde se dice que abrazado a unos caballos cayó sumido en su delirio, de donde le fue arrebatada de su alma la cordura, alejada para nunca más volver a él. Y si acaso fuera ese el lugar correcto, deseando también caer abrazado a un caballo inexistente y que lo que sea que quede de mi cordura sea arrancado allí de un solo tajo.

Todo este discurso estaba en mi mente hasta hace media hora, justo antes de empezar a leer una hermosa entrada de un blog de un conocido escritor colombiano llamado Héctor Abad Faciolince, la cual definitivamente sacó de mi cabeza cualquier otra idea, me obligó a sentarme a escribir algo y así salir del ostracismo en que me encuentro desde hace ya bastante tiempo. La columna lleva por nombre “Acuérdate de olvidar” (link) y es un sentido homenaje a los mártires de la vacua lucha, aquella bañada por ríos de tinta y sangre, la mayoría de ellos lavados al día siguiente, por más tinta y muchas veces por más sangre. En este caso particular el mártir fue su padre, asesinado hace 25 años en uno de tantos ominosos días de nuestra historia. Esa historia de la que ni siquiera nos dimos cuenta que se estaba escribiendo, mientras desde la comodidad de nuestros hogares crecíamos, quienes éramos chicos, o simplemente ignoraban, quienes ya no lo eran más. Quisiera realmente que todas las personas se dieran la oportunidad, al menos un par de ocasiones, de leer esta columna sin dejarla pasar de largo.

Provista de una prosa amable, una amabilidad que sólo ha podido regalar el trascurrir de un cuarto de siglo, es un recorrido por las emociones que él y su familia experimentaron durante y después del amargo episodio, de intimidades, del perdón que no me es del todo claro si ha llegado, del hastío y la rabia que produce seguir viendo correr los mismos ríos día tras día, el recuerdo del cuerpo aún tibio del recién caído. Se nota un marcado énfasis en reemplazar el mal por el bien, los recuerdos malos por los buenos, el no seguir desperdiciando cada 25 de agosto rememorando el olor de la sangre, al fin y al cabo, se desea homenajear la grandeza del mártir, no la bajeza de sus verdugos.

En medio de esta lucha es donde se produce la transición hacia otros caminos, cambia el tono, ya no es una amabilidad masticada a lo largo de los años, macerada con el rencor y humedecida con sus lágrimas agrias. En cambio es reemplazada, y aquí si me es otorgada la licencia de ser tan minimalista y sencillo, por simple y llana esperanza. Y en ese punto, la catarsis, la purificación; no por el fuego como era la bárbara usanza católica, sino por la palabra, la siempre pródiga y verdaderamente santa palabra, de las manos de uno de sus grandes exponentes, el maestro Jorge Luis Borges.

Los justos

Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.

Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

Este poema es un canto a la esperanza, a la gratitud por estar vivos; a la simplicidad del mundo, que enceguecidos por nuestra propia torpeza vemos cada vez más complicado. En la columna de Faciolince se encuentra un breve resumen de la interpretación hecha a este poema, por mi parte tomaré algo de allí y otro material recopilado en la red mientras escribo estas líneas.

Básicamente “el justo” es una figura propia de la mitología judeo-cristiana, indicativa de aquel provisto de santidad, usando el lenguaje comúnmente asociado. Reza el Talmud:

“En todo tiempo hay siempre treintaiséis justos sobre la faz de la tierra, cuando ellos desaparezcan el mundo acabará. No se conocen entre ellos y cuando uno de los justos muere es inmediatamente sustituido por otro. Se los representa como extremadamente modestos, humildes e ignorados por el resto de las personas”.

En resumen, estamos en este mundo gracias a la existencia de estos hombres.

“Nada más que veinte fanegas de tierra -respondió el turco- que labro con mis hijos; y el trabajo nos libra de tres insufribles calamidades: el aburrimiento, el vicio y la necesidad”, escribió Voltaire a quien Borges pinta cultivando el jardín de la virtud, en rechazo a las tesis de moral religiosa vacía y conformista de Leibniz. Evoca entonces a los amantes de la música, o ¿quién puede afirmar que no ha sido tocado al menos una vez por una pieza musical? A los que viven enamorados de las palabras, a aquellos que hacen bien su labor no obstante algunas veces no les resulte placentera. A la lujuria desenfrenada de los amantes y también a aquel que goza de uno de los amores simples, el amor por los animales. A aquellos que cuando niños fueron tocados por “La isla del tesoro” y siendo ya adultos por el doctor Jekyll. Al que regala el olvido, porque el mismo Borges lo describió como el único perdón y la única venganza. Y sobre todo a aquellos que practican la tolerancia cada día.

Cualquier persona que me conozca sabrá que no soy un hombre de esperanzas, de hecho me parece un poco extraño que un hombre viejo las tenga, pero hoy por la gracia de la palabra he decidido serlo. Hoy decido, al menos mientras escribo traicionar mis propias ideas, porque quienes no lo logran siguen bañando el mundo en sangre. Hoy no esperaré que el azul Melancholia complete su órbita mortal, y borre para siempre este miserable mundo. Deseo ser solidario con las palabras de un hombre, porque caminó en la misma plaza que yo y quiero imaginar que también él se encontró esperando perder la cordura como Nietzsche, quien tal vez nunca renunció a la desesperanza.

Porque en su último verso Borges nos dice que estos justos son simples extraños, que ni siquiera ellos mismos saben que lo son, así que tal vez uno de ellos está leyendo estas palabras, o varios, o ninguno; o quizá sea buena idea empezar a comportarse como tal, y al menos así estar seguro de que hay un injusto menos en el mundo.

domingo, 22 de abril de 2012

El cielo de los hombres.



Odi et amo. Quare id faciam, fortasse requiris.
Nescio, sed fieri sentio et excrucior


Muy temprano esa mañana, Amadeo salió de su casa de la misma manera como lo venía haciendo desde su infancia, cuando al lado de su padre y hermanos recorría de pueblo en pueblo, de feria en feria; vendiendo sombreros, juguetes para los pequeños o cualquier artilugio que pudiera resultar benéfico para el modesto negocio familiar. Cuando cruzó el portal de su humilde casa, dio una corta ojeada sobre su hombro izquierdo, como aquel que sabe lo que hay detrás de sí pero no desea mirarlo de frente. Dejaba atrás años de costumbre, de rutina, de miseria, de cortas alegrías, del hastío que le producía vivir, al final, de todo lo que amaba y odiaba de su ser. Su vida, como la de cualquier ente que vaga por estas tierras atormentadas por los dioses desde no se sabe cuándo, era una enorme ola de repeticiones con leves perturbaciones esporádicas que le sacaban de su curso tradicional, pero que al final del día terminaban por regresar a su estado natural.

A las 8 de la mañana el día era gris y frío como casi todos los de esa temporada, el sol apenas si asomaba, en cambio, lo único que se podía divisar eran los nubarrones, la brisa y la humedad persistente de la noche anterior; el aire seco y polvoroso de hace apenas un par de meses, se había convertido en una masa húmeda de hojas con el color y olor de la muerte, cargado de ese aroma sin una descripción precisa que se percibe en el aire cuando la niebla turbia y gélida hace presencia. Llevaba la mirada ausente, habiendo ya perdido la curiosidad de los ojos jóvenes, solo le restaba descargar su indiferencia sobre esa mezcla cada vez más homogénea del tono gris de las piedras que forman el vetusto suelo de la plaza, desgastadas con el ir y venir de los mercaderes, transeúntes y compradores; animales con todo tipo de pelambre y cualquier cantidad de miembros inferiores. Entre paso y paso lo único que le restaba era rumiar sus propios pensamientos, pues era el fundamento de su diario sustento y allí definitivamente no era válida la desidia, pensaba en cuál sería el discurso que utilizaría para ofrecer su mercancía ese nublado día.

Después de recorrer los caminos oleosos y húmedos por la sal derramada la noche anterior, llegó al que era su lugar de trabajo desde hacía décadas, desde que decidió que más que raíces un hombre anhela costumbre. Fue allí donde, como lo venía haciendo desde su infancia, Amadeo comenzó su diaria prédica. La única diferencia con respecto a todas las mañanas anteriores era el objeto de su discurso; cada día venía al mismo estrecho pasaje de esta plaza, adornado por las telas de araña en los rincones de los arcos otrora color ocre, que hoy en medio del polvo acumulado se tornan grisáceos, cubiertos de extremo a extremo con los años de laboriosa dedicación de los minúsculos insectos que habitan los rincones de cada lugar. Se paraba allí para vender bienes sin mayor relevancia, algunas veces víveres, pan, frutos y vegetales de estación. Otras veces ofrecía antigüedades, estas últimas con la enorme ventaja de un posible parroquiano más despistado que desafortunado, quien no muy docto en las lides de adquirir estos raros elementos, podría resultar en la gran venta del día. Al final decidió que esa mañana se dispondría a vender algo verdaderamente importante, un secreto que la humanidad había estado esperando por siglos. Quizá, ni siquiera él mismo comprendía la importancia de lo que quería vender en un día tan poco memorable para el mundo, pues su móvil no iba más allá del deseo de obtener un par de doblones extra para sus cada vez más débiles arcas personales. Sin embargo, basado en la experiencia matutina de cada domingo, en una plaza rebosante siempre de almas hambrientas y deseosas, sabía que sus expectativas, económicas claro, no podían ser mejores.

Después de tantos años en estas plazas de mercado, había descubierto que no importa el objeto que ofrezca, siempre habrán personas interesadas en sus mercancías, bien sean, indispensables, solo importantes, o completamente banales en innecesarias.

El hambre del mundo no tiene límite, mezquina o virtuosa un alma siempre será un alma, y siempre tendrá hambre –pensaba para sí mismo, mientras recogía la mercancía que no pudo ser vendida al terminar de su jornada cada atardecer, no obstante a que siempre regresaba a su hogar con algo en los bolsillos. Fue tal vez la cosa más importante que aprendió en su diario vivir, al menos desde su consciencia, pues la mayoría de las lecciones útiles de su vida pasaban prácticamente desapercibidas.

Damas y caballeros, aquellos que apenas os movéis a cuatro, aún en dos o ya en tres piernas, venid a mí, pues el día de hoy os presentaré el milagro que habéis estado esperando desde el inicio de los tiempos, desde que Adán y su fémina compañía violentaron el mandato de los cielos. Porque os digo mis queridos parroquianos, para los jóvenes no es demasiado pronto y para los viejos tarde tampoco será.

Del mismo modo continuó su enérgico discurso por unos minutos. Al inicio no ganó mayor atención, aquellos que ya lo conocían lanzaban miradas perdidas entre la desconfianza y el desdén. Otros sentían algo de curiosidad por cuanto predicaba el mendaz personaje, pero para quienes la curiosidad era simplemente un lujo de infantes o de ricos era preferible seguir en sus asuntos. A pesar de esto, poco a poco comenzó a concentrar un pequeño grupo de personas a su alrededor.

No miento, en este frasco se encuentra encerrado todo lo que os ha sido prometido desde el inicio, y que aún si acaso lo sabéis, o lo podéis entender, no habéis podido comprobar con vuestros propios sentidos. Toda la verdad me ha sido revelada, he sido bendecido y aquí en esta humilde plaza de mercado os presento mi descubrimiento, que sólo por una muy módica cantidad pasará a vuestras manos.

Uno de sus espectadores le auscultaba detenidamente, era un hombre de aspecto menudo, altiva mirada y actitud pretenciosa, del tipo de personas a quienes sí les es permitida la curiosidad. Se paró frente a él a escuchar su discurso con ánimo más desafiante e incrédulo que curioso. Andreas era un hombre acucioso, de pensamiento agudo y firmes ideas, su frente dividida en dos partes por un marcado seño, denotaba su eterna posición frente al mundo.

Yo no vivo, solo observo y aprendo –se repetía hasta la saciedad, como justificándose cada día frente al mundo por su casi ridícula postura. Sin mayor preámbulo lanzó el primer ataque contra el vendedor.

¿Pero qué dices hombre falaz, cómo te puedes presentar ante nosotros con tan engañosas palabras, cómo es posible que tú, timador impío, hayas podido encontrar lo que todos hemos estado buscando desde el primer amanecer? ¿Acaso crees que no te he visto engañar asnos parados en dos piernas, que terminan enredados entre bagatelas y fruslerías? Cuando no es el pan viejo, es la fruta podrida escondida bajo las frescas, no tienes nada que ofrecer más que otro engaño –reclamó sin aflojar su expresión ni por un segundo.

No os engaño, en este frasco se encuentra todo aquello que habéis deseado desde que entre llanto, sudor y sangre vuestras madres os arrojaron a este mundo. No es necesario que roguéis más a los cielos, ni que temáis a los infiernos, pues aquello yo aquí os presento no requiere ni una sola plegaria más, al templo solo será necesaria vuestra asistencia para recibir la ración semanal de miedo e ignominia.

No obstante el convencimiento con que el vendedor presentaba su mágico producto, Andreas se negaba a aceptar que aquel hombre insignificante hubiera podido encontrar aquello en lo cual había invertido los buenos años, aquellos que ya se habían ido y no regresarían; aquello que le había quitado el sueño por décadas y le seguía siendo esquivo, mientras miraba como los seres entraban, salían y volvían a entrar por las puertas de su vida, delanteras en algunas oportunidades, traseras en otras. Más que cualquier otra cosa, le resultaba impropio el encontrarse indigno de la revelación, mientras aquel desdichado se había hecho con ella.

¿Y cuál ha sido el producto de tu alquimia, que acaso lograste convertir el plomo en oro como tus ancestros estafadores prometieron? Quimeras traes y ofreces, nada más que eso. ¿Cómo puedes afirmar que no se necesitará jamás del favor de ningún dios, y a la vez hablas de verdades reveladas, quién te las ha revelado?  –Amadeo, haciendo caso omiso de sus ataques pero sin perder de vista a su juez siguió predicando.

Con el contenido de este frasco lo tendréis todo, no habrán más búsquedas, no más hambres, no más vacíos en vuestros atribulados corazones, cómo podéis ver mejor negocio no puede haber en este mundo ni en ningún otro. Mayor que la lujuria despertada por la más tierna y cautivadora doncella, más allá de lo que las riquezas podrían ofreceros.

Lo que sea que se encuentre en ese frasco, no lo necesitamos –gritó desde un rincón un tercer hombre, en medio de un montón de trapos sucios, cartones, botellas vacías y cualquier cantidad de accesorios requeridos para sobrevivir una noche fría a la intemperie.

¿Lo ves, hasta un mendigo puede ver lo evidente de tu engaño? –replicó una vez más Andreas, satisfecho por el apoyo recibido de improviso, esto sin imaginar la respuesta que le esperaba.

Ya amaina tu plumaje hombre necio, que el motivo de tu predicamento no va más allá de tu propia vanidad insatisfecha, lo que tus palabras claman es la indignación de verte vencido por este pobre infeliz al que consideras tan inferior a ti, porque desde que eras un crío aprendiste que aún para ser un sabio se requiere de clase. Es eso y la envidia de ver en las manos de otro, la única cosa que creías que te convertía en un hombre especial, en un ser menos miserable que el resto de estas ánimas que deambulan sin saber de dónde ni para dónde; sientes el azote de la verdad en tu cara, ahora sabes que eres tan pobre y vacío y que tu existencia es tan fútil como la de todos nosotros. Gracias al contenido del frasco de aquel que has convertido en tu adversario, estás al mismo nivel en que yo me encuentro, yo que grito desde la piedra fría y que me cubro con trozos de papel y retazos de tela cada noche –Es un hecho que la enfermedad, la muerte y la ignorancia, son capaces de convertir al mendigo y al rey en hombres iguales–. Así vendas tu propia alma por el contenido de ese frasco, no te servirá de nada. 

Y tú, vendedor de miserias, lo único posible sobre esta tierra capaz de cumplir tus promesas es el veneno, y si lo que tienes allí en ese frasco es tu propia cicuta, pues mejor tómala y termina tu tonta prédica.

No represento aquello que os ofrecen desde los púlpitos, pues de sus supuestos frutos nunca he disfrutado y sé que vosotros tampoco, pues solo aquel que levanta su dedo sagrado puede usar y abusar de su poder; lo que ofrezco está aquí y ahora, ni en lo que fue ni en lo que será. 

Los hombres necios gozan de un particular don, pueden vivir en dos universos, el de los demás humanos y el que crean para ellos mismos. Su universo cuenta con reglas únicas y exclusivas que solo aplican para ellos, por supuesto según su conveniencia; desafortunadamente esta singular transmutación de la vigilia tiene dos problemas, por un lado se hace en modo inconsciente, por el otro y aún más grave, están absolutamente inocentes del hecho que todos los universos son el mismo, que es ninguno. Andreas encarnaba todas estas características, así que simplemente hizo caso omiso de las palabras del mendigo, y prosiguió.

¿Cómo es posible que esté encerrado en ese frasco?, aquello que todos buscamos no puede ser encerrado en un frasco, es algo divino, y la divinidad no cabe en tus sucias manos.

¡Ah de vosotros! mis queridos amigos, ¿por qué creéis que todo lo importante proviene de lo divino, y si acaso existe algo de divino, por qué tiene que ser majestuoso. Que acaso no sois capaces de ver lo grandioso en lo simple, lo majestuoso en lo insignificante, en el vacío o en la nada? Pobres almas mías, porque no hay deleite en ello. Habéis decidido vivir en medio del ruido del mundo, tanto que no sabéis ni siquiera cómo suena vuestra propia voz. –Continuó así la discusión entre los hombres por unos minutos, hasta que finalmente Andreas, como era de esperarse, haciendo caso omiso de sus prevenciones y dejando a un lado su propia lógica, accedió a la curiosidad, o al menos como lo pensaba él, en "pro del conocimiento".

Caminó hacia un rincón de la plaza, sus pensamientos eran un mar borrascoso, sin orden alguno en ellos, solo deseaba saciar su sed. Su avaricia le corroía las entrañas, como un niño al retirar el empaque de sus regalos de cumpleaños, no le importaba nada, solo abrir el frasco y obtener en sus manos el objeto de sus deseos, todo su cuerpo trepidaba incesantemente en una mezcla de miedo y éxtasis. Sin darse cuenta, su objeto se había convertido en todo aquello que antes había desdeñado. En ese preciso lugar, en esa esquina de la plaza, en medio de gallinas, cerdos y quesos, él mismo había producido su propia magia, su propio milagro, con una botella entre sus manos había tocado el punto más bajo al que puede caer un hombre, la creación del mito.

Finalmente se armó de valor, intentó fuerte pero en vano calmar sus temblores, respirando una larga bocanada del aire húmedo del momento se dispuso a abrir su preciada posesión.

El contenido del frasco no parecía tener nada de particular, más bien parecía no contener nada o si se quiere ser algo más precisos, nada diferente a simple aire. Comenzaba a pasar por su mente la inevitable pero anhelada conclusión. Empezó a hacer un minucioso examen del frasco y su contenido, intentó detectar alguna característica especial con sus sentidos, agudizó su olfato al máximo, lo inspeccionó minuciosamente con sus ojos, al mismo tiempo que lo frotaba entre las palmas de sus manos, llego al extremo de ponerlo por un momento en su boca para ver si lograba extraer la información allí contenida, información que con tanta vehemencia  prometía el vendedor. 

Mientras tanto Amadeo, ya habiendo cumplido con su misión para ese día se dispuso a regresar a casa, no sin antes repetir como al final de cada una de sus jornadas: 

El hambre del mundo no tiene límite... –A sabiendas o no, del hecho de que tal vez había vendido por un par monedas el modo de calmarla por siempre. Andreas por su parte, solo atinó a decir–: ya lo decía yo, este miserable no podría haber encontrado nada.

Satisfecho por su pírrica victoria tomó su camino de regreso a casa. Dejó el frasco abandonado en medio de la inmundicia del mundo, en aquel rincón de la plaza, el mismo lugar donde acarició brevemente el cielo de los hombres.


lunes, 1 de agosto de 2011

No hay olvido

No hay olvido (sonata)

Si me preguntáis en dónde he estado
debo decir "Sucede".
Debo de hablar del suelo que oscurecen las piedras,
del río que durando se destruye:
no sé sino las cosas que los pájaros pierden,
el mar dejado atrás, o mi hermana llorando.
Por qué tantas regiones, por qué un día
se junta con un día? Por qué una negra noche
se acumula en la boca? Por qué muertos?

Si me preguntáis de dónde vengo tengo que conversar con
cosas rotas,
con utensilios demasiado amargos,
con grandes bestias a menudo podridas
y con mi acongojado corazón.

No son recuerdos los que se han cruzado
ni es la paloma amarillenta que duerme en el olvido,
sino caras con lágrimas,
dedos en la garganta,
y lo que se desploma de las hojas:
la oscuridad de un día transcurrido,
de un día alimentado con nuestra triste sangre.

He aquí violetas, golondrinas,
todo cuanto nos gusta y aparece
en las dulces tarjetas de larga cola
por donde se pasean el tiempo y la dulzura.
Pero no penetremos más allá de esos dientes,
no mordamos las cáscaras que el silencio acumula,
porque no sé qué contestar:
hay tantos muertos,
y tantos malecones que el sol rojo partía,
y tantas cabezas que golpean los buques,
y tantas manos que han encerrado besos,
y tantas cosas que quiero olvidar.

Pablo Neruda.

martes, 17 de mayo de 2011

Poemas morales

Francisco de Quevedo, poeta barroco (1580 - 1645) fue un prominente hombre de su época, de noble cuna y prolífico a la hora de su producción literaria, representante del estilo conocido como "conceptismo". Bien, hasta aquí de historias pues este no es un blog de biografías.


Dentro de los motivos de Quevedo se encuentra una serie de poemas que se pueden clasificar como "poemas morales", una característica que puede encontrarse en otras obras de la época llamada "de oro" en España. Son estos poemas los que más me llaman la atención de Quevedo y a los que quiero dedicar esta entrada. Para ello he seleccionado dos poemas titulados "Que desengaños son la verdadera riqueza" y "Prevención para la vida y para la muerte".

Que desengaños son la verdadera riqueza

¿Cuándo seré infeliz sin mi gemido?
¿Cuándo sin el ajeno fortunado?
El desprecio me sigue desdeñado;
la invidia, en dignidad constituido.

U del bien u del mal vivo ofendido;
y es ya tan insolente mi pecado,
que, por no confesarme castigado,
acusa a Dios con llanto inadvertido.

Temo la muerte, que mi miedo afea;
amo la vida, con saber es muerte:
tan ciega noche el seso me rodea.

Si el hombre es flaco y la ambición es fuerte,
caudal que en desengaños no se emplea,
cuanto se aumenta, Caridón, se vierte.

Excelente, a mi parecer, el trato que da Quevedo a algunos males que aquejan el cotidiano hombre. La envidia, desdeño, odio permanente; son retratados en el el quejido de este hombre atormentado por su mundo ruinoso.

Prevención para la vida y para la muerte

Si no temo perder lo que poseo,
ni deseo tener lo que no gozo,
poco de la Fortuna en mí el destrozo
valdrá, cuando me elija actor o reo.

Ya su familia reformó el deseo;
no palidez al susto, o risa al gozo
le debe de mi edad el postrer trozo,
ni anhelar a la Parca su rodeo.

Sólo ya el no querer es lo que quiero;
prendas de la alma son las prendas mías;
cobre el puesto la muerte, y el dinero.

A las promesas miro como a espías;
morir al paso de la edad espero:
pues me trujeron, llévenme los días.

Este último poema pertenece a una secuencia, si se le puede llamar así, de trabajos en donde Quevedo comienza a saludar a la muerte. Rinde homenaje al tiempo que pasa, mira casi con desdén el acto de vivir que empieza a verse como el acto de morir, v.gr., "ni anhelar a la Parca su rodeo".

Es particularmente en esta serie de poemas donde el contenido moral eleva su carácter, con frases del calibre de "Sólo ya el no querer es lo que quiero", donde los afanes de la juventud se han terminado, y ya el hambre de posesión si bien no es ni será saciada, al menos empieza a sentirse menos agobiante.

Para terminar, una canción que me encanta, originalemte de Dead can Dance, más en este caso en un cover a manos de Ulver. Se trata de "In The Kingdom Of The Blind The One-eyed Are Kings", una frase que recuerdo haber escuchado miles de veces.

In The Kingdom Of The Blind The One-eyed Are Kings





PD. Sirva esta entrada para recordar que hoy se conmemoran dos años de la muerte del poeta Uruguayo Mario Benedetti.

lunes, 11 de abril de 2011

Sobre Funes y la Memoria...

Debo admitir que últimamente, no estoy muy prolífico en cuanto a escritos está relacionado. Menos aún mis acostumbradas lecturas, que prácticamente se redujeron a jornadas en trenes, aeropuertos, estaciones y demás sitios y/o medios en que me transporto cuando viajo ocasionalmente. En medio de una de estas jornadas, cargué entre mis cosas con un par de joyas de la literatura latinoamericana, los dos famosos libros de cuentos del maestro Borges, "El Aleph" (1949) y "Ficciones" (1944); textos que bien se pueden considerar como excelentes compañeros de viaje, incluso hay quienes les ven como material indispensable dentro de la valija de cualquier viajero, que pueden ser disfrutados una vez tras otra, sin perder la vigencia y la capacidad de maravillar que traen entre sus páginas.

Son muchas las historias que albergan estos dos libros, las cuales sobra decir, cualquier persona que se precie de disfrutar de la literatura latinoamericana debe poseer. Historias que deambulan entre el realismo histórico y la ficción metafísica o cosmológica -como si hubiera de otro tipo-, entre herejías sociales y máximas filosóficas, en donde se mezclan las alucinaciones, los relatos, los sueños, los recuerdos y hasta las premoniciones de sus personajes, todo esto acompañado de un profundo y amplio conocimiento humano. La mayoría de ellas comparte sobre todo una característica, son historias dedicadas a la vida y a la muerte, a los vericuetos de la parca tras los hombres, y a las acciones en que estos últimos incurren para evitarla o engañarla, aun para llegar más pronto a ella; al fin y al cabo, de qué otra cosa puede un escritor digno de respeto hablar, más que de la vida y la muerte?

Sobre cualquiera de estas historias podría hacer una entrada; sus particulares sociedades ficticias, con sus sacras lenguas que llenan los anaqueles de las maravillosas empero extrañas bibliotecas. Podría hablar sobre sus muertos, o sus vivos que mientras mueren en el camino al patíbulo regalan al mundo su obscura verdad, o muertos a quienes dios les concede la gracia de vivir un año en un instante infinitamente pequeño, sólo para terminar de escribir un poema; de guerreros abatidos en combate que regresan para cambiar la vergüenza encerrada en su final, o por qué no de traiciones y mezquindades, características sin las cuales un hombre no podría saberse como tal. Quizá podría hablar de sus inmortales, a quienes su eternidad los arrojó a las obscuras cavernas de la inconsciencia, o más aún, de la infinita gloria de su Aleph encerrado en el sótano de una casa cualquiera.

Pero no, de toda esta montaña de fantasía e histrionismo, me he quedado con una particular, la historia de Funes, el memorioso.

Por qué Funes y no todos los demás? quizá porque Funes representa la diferencia, el ciclo infinito. Todo ser humano, indiferente de la escala de miseria en que se encuentre su existencia gozará del mismo regalo, su cuello será pasado por la faca del tiempo y la memoria. A Funes para la mayor de sus desgracias, este don le fue arrebatado, al menos el del olvido.

"...Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto)..."

Mejores palabras no pudo encontrar el maestro Borges para comenzar una historia, relatando en primera persona, cumpliendo con un deber adquirido por el mero hecho de haber conocido tal prodigio de la vida, un póstumo homenaje a Ireneo Funes.

Muchas veces he hablado de la memoria, de los recuerdos, del hecho de describir a un hombre solo por su pasado, o de éste como su principal material constitutivo. He llegado casi al punto de rendir culto a esta cualidad, simplemente porque a mi juicio memoria es sinónimo de aprendizaje, un hombre que no recuerda su historia está muerto desde el punto que empezó a olvidarla, así ésta inevitablemente sea "una historia llena de infamias" como sabiamente alguna vez apuntó Julio Cesar, o peor aun, como la ya manida frase, condenado a repetirla. Pero, hasta dónde la memoria?

Funes empezó su vida como un hombre corriente, diría más como un "cimarrón" que como un "Zarathustra" -como alguien llegó a describirlo-, en una locación olvidada del bien y del mal, donde los días son equivalentes a sus noches, simplemente transcurren. Corriente, salvo la particular capacidad de acertar la hora del día cuando se le inquiría. Sin embargo, en un fatídico o tal vez afortunado incidente, la vida de Funes cambió para siempre, momento a partir del cual dejó la vida de aquel que "vive como quien sueña: mirando sin ver, oyendo sin oír, olvidóndolo todo, o casi todo". Desde ese instante, perdió la capacidad de olvidar junto a gran parte de su movilidad, un mal menor según el propio Funes, quien veía su destino con sesgo positivo.

Por supuesto, para Funes era algo grandioso el hecho de recordarlo todo, considerando que de manera directa recordarlo todo implica aprenderlo todo. Absolutamente todo lo que pasaba por la vida de este hombre quedaba para siempre en su memoria, cada cosa que a bien tuviera pasar por sus ojos, por su nariz, por cualquiera de sus sentidos, quedaba allí para siempre.

Descuidadamente cualquier persona podría decir que esta capacidad es envidiable, yo me he encontrado afirmando al vació que sería deseable este don. Sin embargo, el final de Funes es el indicador de que la memoria, como cualquier cosa que pueda habitar los callejones de la conciencia humana tiene un límite que si no se respeta, terminará por convertirse en otra pesada carga, como si no hubiesen suficientes taras de las cuales deshacerse ya.

Conozco personas que aun con el paso de los años, algunos aspectos de sus vidas se han quedado paralizados, recordando, o mejor, rumiando un instante, una situación, una idea o un recuerdo. Personas con quienes es posible la extraña situación de encontrarles después de meses, incluso años y tener una conversación idéntica a la última, en resumen encontrarles en el mismo punto, viviendo día tras día su neurótica agonía. Inocente aquel que se pregunta el por qué de sus tristezas, mientras persiste en la necia empresa del recuerdo, mientras urde planes de un futuro pleno de acciones pretéritas. Algunos de estos planes incluyen, venganza, perdón, justicia, "abrir alas para volar" y demás expresiones de carácter similar; oh gloriosa vanidad!

"Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos."

El momento presente es el verdadero don, o al menos su percepción dada la carencia de existencia de tal concepto, despreciado y subvalorado como todos y cada uno de los pocos conceptos útiles que existen.

Funes con el pasar del tiempo terminó reducido a una obscura habitación, rememorando cada instante pasado, preso de su propio don en donde el presente había prácticamente desaparecido. Recordar un día entero le tomaba igualmente un día, pero lo pensado o recordado pasaba a ser un nuevo recuerdo, así un día de recuerdos se convertía en dos, los dos anteriores se convertían en otros dos de recuerdos, y así ad infinitum, sin la esperanza de poder algún día salir de su ciclo.

jueves, 6 de enero de 2011

La Hora de Tinieblas

Este es un pequeño regalo, ojalá alguien lo lea completo. Aunque es un tanto largo, pocas veces se puede leer algo así.

Cogitavi dies antiquos ;
et annos aeternos in mente habui.
Et meditatus sum nocte cum corde meo, et exercitabar,
et scopebam spiritum meum.
¿Numquid in aeternum projuciet deus ;
aut non apponet ut complacitior sit adhuc ?

( Pensé en los días antiguos, y tuve en mi espíritu
los años eternos. De noche medité en mi corazón : me
ejercitaba y purificaba mi espíritu. ¿por ventura de-
sechará Dios para siempre o no volverá a ser benévolo ?)
¿por qué, si puede Dios, no satisface a la hambre
cruel que nos devora ?
CARVAJAL - SALMO

I

¡Oh, qué misterio espantoso
Es este de la existencia!
¡Revélame algo, conciencia!
¡Háblame, Dios poderoso!
Hay no sé qué pavoroso
En el ser de nuestro ser.
¿Por qué vine yo a nacer?
¿Quién a padecer me obligue?
¿Quién dió esa ley enemiga
De ser para padecer?

II

Si en la nada estaba yo
¿Por qué salí de la nada
A execrar la hora menguada
En que mi vida empezó?
Y una vez que se cumplió
Ese prodigio funesto,
¿Por qué el mismo que lo ha impuesto
De él no me viene a librar?
¿Y he de tener que cargar un bien contra el cual protesto?

III

¡Alma! si vienes del Cielo,
Si allá viviste otra vida
Si eres imagen cumplida
Del Soberano Modelo
¿Cómo has perdido en el suelo
La fe de tu original?
¿Cómo en tu lengua inmortal
No explicas al hombre rudo
Este fatídico nudo,
Entre un Dios y un animal?

IV

O si es que antes no exististe,
Y al abrir del mundo al sol
Tú, divino girasol
Gemela del polvo fuiste,
¿Qué crimen obrar pudiste?
¿De, contra quién, cómo y cuándo,
Que estuviese a Dios clamando
Que al hondo valle en que estás
Surgieses tú, nada más
Que para expiarlo llorando?

V

Pues cuanto ha sido y será
De Dios reside en la mente,
Tanto infortunio presente
¿No lo completaba ya ?
Y ¿Por qué, si en él esta
Del bien la fuente suprema,
Lanzó esa voz o anatema
que hizo súbito existir
Un mundo en que oye gemir
Y un hombre que de el blasfema ?

VI

¿Cómo de un bien infinito
Surge un infinito mal,
De lo justo lo fatal,
De lo sabio lo fortuito ?
¿por qué está de Dios proscrito
El que antes no le ofendió,
Y por qué se le formó
Para enloquecerlo así
De un alma que dice sí
Y un cuerpo que dice no ?

VII

¿Por qué estoy en donde estoy
Con esta vida que tengo
Sin saber de dónde vengo,
sin saber a dónde voy ;
Miserable como soy,
Perdido en la soledad
Con traidora libertad
E inteligencia engañosa,
Ciego a merced de horrorosa
Desatada tempestad ?

VIII

Hoja arrancada al azar
De un libro desconocido
Ni fin ni empiezo he traído
Ni yo lo sé adivinar;
Hoy tal vez me oyen quejar
Remolineando al imperio
Del viento; en un cementerio
Mañana a podrirme iré,
Y entonces me llamaré
Lo mismo que hoy: ¡un misterio!

IX

De pronto así cual soñando
En alta mar sorda v fuerte
Entre la nada y la muerte
Me encuentro a oscuras bogando;
Sopla el tiempo, y ando, y ando,
Ignoro a dónde y por qué,
Y si interrogo a la fe
Y a la razón pido ayuda,
Una voz me dice «duda»
Y otra voz me dice «cree»

X

Con menos alma, quizás
Sólo la segunda oyera,
O con más alma, pudiera
No equivocarme jamás:
Entonces creyera más,
O al menos, dudara menos;
Pero, a malos como a buenos
Plugo al Señor conceder
Luz bastante para ver
Que estamos de sombras llenos.

XI

La debilidad por guía,
La tentación por camino,
¿Es de virtud el destino
Que su bondad nos confía?
¿Es fuerza que en lucha impía
Nos pruebe el Genio del mal
Para ir a un condicional
Anhelado Paraíso?
¿Para ser bueno es preciso
Poder ser un criminal?

XII

Mas... ¡soy libre! y ¿para qué?
Para enrostrarme a mí mismo
EI caer a un hondo abismo
Que otro ha cavado a mi pie,
Y renegar de la fe,
Luz de mi infancia serena,
Y fiar a un grano de arena
La eternidad de mi ser,
Debiendo yo responder
De la creación ajena.

XIII

¡Somos libres! ¡libertad
Que no deja ni el consuelo
De enrostrar el mal al Cielo
O a nuestra fatalidad!
¡Libres... y la voluntad
Es plena para el deber!
Libres... y hay luz para ver
Lo que es crimen desear,
Y alma para delirar,
Y corazón para arder!

XIV

¡Libres, cuando delincuentes
Desde el vientre maternal
Ya éramos siervos del mal
Y del dolor penitentes;
Y con cadenas ardientes
Al crimen de otro amarrados
Ya estábamos sentenciados
A purgarlo aquí por él
Y a extender para Luzbel
La siembra de los pecados!

XV

¡Oh, Adán! ¿cuándo estuve en ti?
¿Quién te dió mi alma y mi pecho?
¿Quién te concedió el derecho
De que pecaras por mí?
Si en tu falta delinquí
Y en tu infición me condeno,
¿por qué un Dios tan justo y bueno
No me lavó en la virtud de otro Adán, y la salud
No me volvió en cuerpo ajeno?

XVI

Si en mis carnes heredé
La ponzoña de la suya,
¡Que en las carnes arda y fluya!
Pero en el alma ¿por qué?
Si mi alma su alma no fue,
Si es chispa de Dios directa,
¿Cómo de luz tan perfecta
Tan imperfecta salió?
Si Adán por Dios no pecó
¿Cómo su infección la infecta?

XVII

¡Absurdo! ¡no puede ser!
Y sin embargo es, y ha sido,
Y aquí lo siento, esculpido
En el fondo de mi ser,
Cual si otro Dios, Lucifer
Concurriese audaz con Dios
AI soplar dentro de nos
El vital celeste lampo
Y fuésemos luego el campo
Del batallar de los dos.

XVIII

¡Esperanza que me engañas,
Tentación que me provocas
Pasiones que con mil bocas
Me desgarráis las entrañas
Ciencia que mi vista empañas,
Orgullo que atas mi oído.
Razón que sólo has servido
Para perder la razón. . .!
...¡Ay! Contra tantos ¿qué son
Los que de polvo han nacido?

XIX

Dios que por prueba concitas
Enemigos qué vencer
Dáme armas, dáme poder
Para la lid que suscitas.
Pero si el poder me quitas,
Libre renuncio a existir,
Pues no debo consentir
Que me hayas venido a echar
Esclavo para lidiar
Libre para sucumbir.

XX

Si dijiste: "A cada cual
El bien y el mal le propongo,
El escoja y yo dispongo",
¿El hombre ha escogido el mal?
Escoge el reo el dogal
O unce el libre su cadena?
Si su ciencia, mala o buena,
Le basta para escoger,
¿El mismo ha venido a hacer
La elección que le condena?

XXI

Si libre siempre ha elegido
El hombre flaco y mortal,
¿A elegir siempre su mal
Qué negro azar lo ha impelido?
Y si, una vez que ha caído
Libre alguna vez se vió,
¿Cómo de nuevo tornó
De su pérdida al abismo,
Enemigo de sí mismo
Y del ser que lo creó?

XXII

Si tu infinita bondad
Presidió a cuanto hay creado,
¿Por qué le diste al pecado
Sombra de felicidad?
¿Por qué de la adversidad
Hiciste hermano al delito?
¡Ah! con verdad está escrito
Que cuando tu ángel bajó
Sólo un Lot, un justo, halló,
En la ciudad del maldito.

XXIII

Nula es mi sabiduría,
Pobre mi benevolencia
Pero si la Omnipotencia
Un instante fuese mía,
¡No! yo no concebiría
Culpas de la criatura!
Santa, universal ventura,
Fuera un himno sin cesar
¡De incienso para mi altar !
¡De amor para mi hermosura !

XXIV

No así en la obra de aquel
Que desóyenos su nombre,
Cual si el tormento del hombre
No lo atormentara a él;
Cual si pudiera cruel
Ser también consigo mismo,
O suscitar el abismo
Do impele a su creación
Por dar lugar al perdón
Con que adula su egoísmo.

XXV

¿Quién te hizo Dios? ¿Por qué, di
Cómo, dónde y cuándo vino
Privilegio tan leonino
A corresponderte a ti?
¿Por qué no me tocó a mí
Ese poder de poderes?
¡Ay! siendo lo que tú eres
No fuera el mundo cual es,
O aplastara con mis pies
Tan triste enjambre de seres.

XXVI

¡He aquí el mundo que a tu acento
Vió la hermosa luz del día!
Si fuese mi obra, sería
Mi eterno remordimiento:
Fue un edén tu pensamiento,
Un infierno resultó,
Y al hombre que te burló
Y audaz tu imagen degrada
No lo vuelves a la nada

XXVII

¡Qué importa, oh sol, tu esplendor
Jugando en mil gayas lumbres
Desde las nevadas cumbres
Hasta la nítida flor!
¡Que importan, noches de amor
Tus cariñosas estrellas. . . !
¡Ah! tantas cosas tan bellas
Que provocando a llorar
Parecen hoy extrañar
Delicias que vieron ellas!

XXVIII

Del templo monumental
Siguen contando el portento
El fúlgido pavimento
Y el dombo etéreo, inmortal;
Mas donde un velo nupcial
Cubrió angélicos sonrojos,
Hoy nos ofenden los ojos
Ahuyentándonos infectos,
Abominables insectos
Que procrean entre abrojos.

XIX

El palacio en que a reinar
El Creador nos convida,
Se tornó en prisión por vida
De aislamiento y de pesar.
De su excelso palomar
El alma inocente huyó:
atraída cuando vió
tu hermosura de la pampa,
Cayó aquí, como en la trampa
Que para el buitre se armó.

XXX

Lástima, lástima horrenda
Ver en tal desarmonía
Claro sol y alma sombría
El viviente y su vivienda.
Sentir la eterna contienda
Y el caos siniestro interior,
Cuando todo en derredor,
Todo, excepto el hombre infando,
Va en paz y en orden cantando
La gloria de su Hacedor.

XXXI

¡Oh angustia! sentir por dentro
De este infernal laberinto
La espuela cruel de un instinto
De algo que busco y no encuentro,
Caverna odiosa, y al centro
Un ojo para mirarla,
Luz que en vez de iluminarla
Permite que se entrevean
Vampiros mil que aletean
Luchando por apagarla.

XXXII

¿En dónde estás ¡oh verdad!
Oh rabia del alma mía,
Concierto de la anarquía,
Ley de la contrariedad,
Amor del odio, equidad
De tantas iniquidades,
Beldad de monstruosidades,
Tu razón, ¡oh Creador!
Para ver crimen y error
Sin que al surgir lo anonades?

XXXIII

¿En dónde estás ¡oh hermosura!
Que de ti no más que el nombre
Diste a otro ser como el hombre,
De arcilla y de desventura;
Esa ingeniosa impostura
Que al tacto se disipó
y sólo acibar dejó,
Y el vivo rastro infelice
De otro eslabón que eternice
El llanto que le costó?

XXXIV

Pobre mujer,sea cual sea
Tu elevación o tu afrenta,
¡quien habrá que hombre se sienta
Y sin caridad te vea!
La más feliz se crea
Es mártir aún de sus dichas,
Y a las demás, entredichas
como sombras del festín,
No tocó ni el bien ruín
De desahogar sus dichas.

XXXV

Gente... y más gente... y más gente
Pasa delante de mí,
¡Oh! qué triste es ver así
La humanidad en torrente!
ignoro cual es su fuente
Y en qué mar se perderá;
Mas de cierto juro ya
Que en el ser de cada uno
El aguijón importuno
De la desventura va.

XXXVI

¡Dardo que nunca se embota,
Elemento creador!
Inmenso pan de dolor,
Que la humanidad no agota,
Gaje fatal con que dota
La existencia a cada cual,
Genio insaciable del mal,
Demonio ¡sombra del hombre!
¡Dí quién eres, dí tu nombre
Para maldecirte tal!

XXXVII

¿Eres la serpiente horrenda
Que en su torva fantasía
Vió el escadinavo un día
Ciñendo el mundo tremenda?
Como con perpetuo delenda
Oigo su ronco silbar.
Y estrechando sin cesar
Sus férreos anillos duros,
¡Hace en sus ejes seguros
Gemir el orbe y temblar!

XXXVIII

¿No te basta el mundo? ¡Dí!
¿Son pocos tantos millones
De infelices corazones
Engendrados para ti?
Supremo déspota aquí,
¿Pasa de aquí tu poder?
Y aún no harto con hacer
De la existencia un infierno,
¿Siempre que el hombre sea eterno,
Como él. eterno has de ser?

XXXIX

Un tiempo la idolatría
Preces y altares te alzó
Y al Dios del bien lo negó
Y en ti a Dios reconocía
Te palpaba, te tenía,
Mal, soberano iracundo
Cual si con desdén profundo
Dios de su obra avergonzado
Hubiera en tu pro abdicado
El triste imperio del mundo.

XL

¡Ah! ¿qué no tiene el Señor?
Nunca agotarán sus manos
Sus oceanos de oceanos
De felicidad y amor;
¡Venid! dijo el Creador,
«Que a mi banquete os convida
Mi largueza» Estremecida
Natura hirviente fundió,
Y el hombre nació... ¡y nació
Llorando el don de la vida!

XLI

Angeles creó para sí,
En el cielo y para el cielo,
Ellos no bajan al suelo
A perder el cielo aquí;
No tan dichoso, ¡ay de mí!
Ha sido el hombre creado:
Nace para ser tentado,
Vive en pugna y en error,
E hijo de un mismo Señor
El no es el predestinado.

XLII

Entre dolores naciendo,
Miseria y dolor mamando
Pecado y llanto mirando
Sin saber lo que está viendo:
En su fuente van vertiendo
Desde antes de la razón,
La vida la tentación,
La tentación el delito
Y con éste, Dios lo ha escrito
¡Quizá la condenación!

XLIII

Fuente que de la montaña
Salió ernponzoñada ya,
En sus claras linfas va
Ponzoña por la campaña;
Envenena cuanto baña,
Corrómpese ella también,
¿Y quién la depura? ¿quién
La vuelve a su manantial?
¿Quién esa fuente del mal
Tornará fuente del bien?

XLIV

Y ¡ah! con balanza traidora
Dotóse a la criatura,
El mal lo palpa y lo apura,
El bien lo sueña. . . o lo llora:
Cuando uno es feliz lo ignora,
Cuando infeliz, bien lo prueba,
Parece que Dios nos lleva
Libro de cuentas extraño
Dándonos íntegro el daño,
Para que el bien se nos deba.

XLV

El mal es piedra que cae,
Niágara que se desprende;
El hombre no lo suspende.
Su propio ser se lo trae;
Parece que nos atrae,
Que él es nuestro fin preciso,
Y que de haber paraíso
Sobre este infierno, hacia él
Vamos contra una cruel
Ley que condenarnos quiso.

XLVI

La tempestad nos presenta
Sus iris por agasajo,
Un rayo de luz los trajo,
Otro rayo los ahuyenta;
Así en la eterna tormenta
De este infeliz corazón,
Si luce gaya ilusión
En el cielo del destino,
A una pulsación nos vino,
Y huye en otra pulsación.

XLVII

Siempre el mal va acompañado
De algo indeleble y eterno,
Y él tiene mas del infierno
Que del cielo al bien se ha dado:
El bien como que es prestado;
Mas ¡ay! bien propio es el mal.
Y aún las veces que el mortal
Fantástico lo delira,
Tiene su triste mentira
Más verdad que el bien real.

XLVIII

El recuerdo del placer
Es el dolor de su ausencia
Y nos duele en su presencia ,
El tenerlo que perder.
Un bien que no ha de volver
Es un torrnento mayor,
Y a fin de que su rigor
No diese treguas al pecho,
Dios en el recuerdo ha hecho
La eternidad del dolor.

XLIX

Un bien nunca satisface
Mientras que el mal es sobrado
Y el mal hace desgraciado,
Pero un bien feliz no hace;
Y tan predispuesto nace
El hombre para el pesar,
Que imbécil para gozar
Y hábil para padecer,
Llora su propio placer
Cuando no halla qué llorar.

L

Duda y exasperación
Dejan los padecimientos,
Y tedio y remordimientos
Deja el goce al corazón.
Lágrimas a un tiempo son
De angustia y risa despojos,
Y cuando libres de enojos
Más inocentes reímos,
Bien nos dice que mentimos
El llanto que hay en Los ojos.

LI

Yo, mísero, ya nací
Crisálida de la nada,
Y no ha de ser revocada
La sentencia que cumplí.
Dispones, ¡oh mal! de mí
Y a evitarte nada alcanza
Armada de ti se avanza
La eternidad luego en pos
Y hay que dar eterno adiós
Al sueño de la esperanza.

LII

La vida es sueño- ¡Callad,
Oh Calderón! estáis loco:
Hace veinte años que toco
Su abrumante realidad;
Yo te palpo ¡Iniquidad!
¡Desgracia! no eres fingida.
Que si al placer dí acogida,
Un instante aquello fue;
Un instante en que olvidé
La realidad de la vida.

LIII

¿La vida un sueño? ¡Qué sueño
Tan raro en su obstinación!
¡Siempre el mismo! ¡Siempre Ixión
Volteando en su hórrido leño
Siempre en su bárbaro empeño
El demonio que llevamos!
¡Ah! con razón despertamos
Con lívida faz que aterra,
Yertos, mordiendo la tierra
Que en frío sudor empapamos.

LIV

No es un sueño, es un delirio
Es pesadilla infernal
De un despierto, un criminal
Que envejece en el martirio.
En vano irónico cirio
Nos alumbra la razón:
Entrevemos salvación ,
De dicha y paz hay asomo
Mas ¡ah! Los pies son de plomo
Y es Tántalo el corazón.

LV

Duelo y crimen sólo veo,
Duelo y crimen sólo aspiro,
Al mal un verdugo miro
Y al mundo un inmenso reo,
Despechado clamoreo
Oigo alzarse eternamente,
Y con hastío vehemente
Pasma la imaginación
Que esta sea la creación
De un Dios amante y clemente

LVI

¿Quién sino el genio del mal
Improvocado y sañudo
Revestirme el alma pudo
De carne flaca y mortal?
¿Quién sino él a este raudal
De corrupción me trajera
A tornar en monstruo, en fiera,
Un ente ávido del bien
Digno sólo de un edén
Donde feliz ser debiera ?

LVII

¿ Por qué, invisible sayón
Que llamo y no me respondes,
Lanzas el dardo y te escondes
A mi desesperación?
Estoy a tu discreción,
Invulnerable enemigo;
Sáciate, apúra el castigo,
Triunfa y goza en mi dolor
Mientras yo, vil gladiador,
Te saludo y te bendigo.

LVIII

«Ama, cree, sufre y espera»,
Me dirá, «que aunque te espante
La vida, es sólo un instante
De probación pasajera»
¡Señor! por corta que fuera
Fue sobrada para mí
Si el instante que viví
Bastó para condenarme,
Bastó para exasperarme,
¡Hasta blasfemar de ti!

LIX

¡Cómo es posible, Dios mío,
Que haya tantos, tantos tristes
Cuando tú, oh Señor, existes
Con tu inmenso poderío,
Y cuando de tu albedrío
Solamente a la intención
En lluvia de bendición
Sonreída a nuestro ruego
Volviera la vista al ciego
Y al demente la razón!

LX

Esta abdicación que has hecho
De tu excelsa voluntad
En mal de la humanidad,
Aunque intentada en provecho,
He aquí el correntoso estrecho
Y el escollo en que caí,
Y yo no puedo ¡ay de mí!
Juzgar de tu providencia
Sino con esta conciencia
Con que a juzgarme aprendí.

LXI

¡Sabios funestos, callaos!
El caos físico ha cesado,
Pero el que lo hizo ha dejado
Al espíritu en un caos.
¡Pobres hombres! revolcaos
Mintiendo felicidad;
Yo entre tanta oscuridad
Rebelde contra mi suerte,
Ansío deberle a la muerte,
O la nada o la verdad.

Rafael Pombo,